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Una flor amarilla.

El día de ayer, mientras me dirigía a tomar asiento dentro de una sala de espera, me propuse leer un relato del libro:  “Final del juego” de Julio Cortázar; sabía que el tiempo que estaría ahí era corto y decidi leer “Una flor amarilla”, pues su extención es de 10 paginas, lo que no sabía es que esa breve lectura, por una razón desconocida y que no quiero indagar, me hizo pensar lo que restó del día y aún el día de hoy en su contenido.

No arrinuare la trama, pero explicare lo que pienso:  ¿en verdad somos inmortales?, ¿somos individuales?, ¿soy el avatar de alguien que ya existió?, y… ¿si cualquier cosa que haga es inútil ?, entonces, terminare siendo un ente que ya existió, sin dejar una pizca de individualidad, un sello que diga:  !MIERDA!… pero que bueno, así sabrán que fui yo.

De pronto entró una pareja al consultorio, lo cual distrajo mi atención, que por un momento dirigí hacia ellos, mire como tomaban asiento, y la mujer siempre precabida como todas, tomó una revista del asiento, se dirigió a su esposo y le dijo: ” ten”, pero el hombre respondió empujando la mano de la señora y diciendo: ” no, leen los que no saben”.

Ya de nuevo en mi lectura y un poco ofendido, leí lo siguiente:

” Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor. – Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces… Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habria flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos.”

Entonces, entendí lo desdichado que era aquél hombre al negarse a leer, pues la lectura es una de esas flores amarillas. Pero en ese momento, el hombre ya no era el que me importaba, había entendido las grandes flores que eh visto en mi camino, y que tal vez no eh sabido valorar, y de esta manera, hace días deje marchitar a una de ellas, pero quiero agradecerle darme la oportunidad de verla en mi camino, de regalarme esa belleza, y de darme la oportunidad de poder continuar con la cadena. Ahora mantendré una nueva busqueda, hasta tropezar, con una nueva flor amarilla…

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